Me gusta fijarme en los pequeños detalles que, a mi juicio, son los más valiosos. No sé si creer en el destino o no, pero lo que si sé, es que determinadas casualidades ocurren por algo. Por ejemplo, imaginaos que en esta vida hay diez medias naranjas reservadas para mí con las que tengo cien por cien de compatibilidad. Pues bien, lo más seguro es que jamás llegue a conocer a ninguna de ellas. Conoceré a mi catorce por ciento, a mi veintisiete, a mi cincuenta y tres, a mi ochenta y seis, y finalmente me casaré con el ochenta y ocho. No será perfecto, pero no importará porque seremos felices. Un verano en el que esté en Italia de vacaciones, me iré de compras y de camino, tropezaré y se me caerá una bolsa que recogerá alguien que casualmente salía de un taxi en ese justo momento y lugar. "Gracias" le diré mientras se aleja sonriéndome sabiendo que no lo voy a ver nunca más. No hablaba mi idoma. Él era una de mis diez medias naranjas. Pero, ¿cómo podemos saber eso? No llevamos un numerito rojo en la cabeza que nos lo indique. ¿Cómo podemos estar seguros de que ésa es la persona adecuada y no hay otra mejor para nosotros a la vuelta de la esquina? El "¿qué hubiera pasado si..?" empieza a cobrar importancia.


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